Postales de una vida, en primera persona

Emigrar y trabajar

La familia Zatti en 1899. Artémides, de 19 años, tercero de ocho hermanos, está arriba al centro. Abajo, sus padres Albina Vecchi y Luis Zatti.

Llegué a la Argentina en 1897. Tenía 17 años, y tuvimos que emigrar de nuestra Italia natal buscando mejores horizontes… porque nadie se va de su tierra si está bien en ella. Nos instalamos en Bahía Blanca, y yo comencé a trabajar en una fábrica de baldosas. De estudios, ni hablar.

Lo bueno era que allí había una casa salesiana, y fue mi segunda casa… donde crecí en la fe, participando de diferentes grupos, y al lado de los salesianos aprendí a salir a ayudar a quienes tenían más necesidad, a no quedarme cómodo viendo cómo otros necesitan una mano.

Y ahora, mirando a la distancia, creo que podía entender los sufrimientos de tantos que vivían con muchas limitaciones… porque yo era uno de ellos.

“Creí, prometí y sané”

Don Zatti, honrado en portar la imagen de María Auxiliadora en una de las peregrinaciones al santuario de Fortín Mercedes.

Varias veces en mi vida experimenté esto de que Dios nos acompaña siempre. Sobre todo, con mis 22 años, en 1902, cuando enfermé de tuberculosis, que en ese tiempo era mortal. Y si bien estaba en Bernal, estudiando para ser salesiano, el mejor remedio de la época era estar en un lugar con mejor clima. Y así que entonces fui hacia Viedma, donde los salesianos tenían un hospital. 

El padre Garrone, quien era su director, me propuso, además de las medicinas, encomendarme a María Auxiliadora, prometiéndole que si me curaba dedicaría toda mi vida a los más pobres… y es así que creí, prometí y sané. Esta actitud de confianza en Dios y certeza de la presencia cercana y actuante de María traté de tenerla en toda mi vida, y la alimentaba con la oración diaria y la participación en todos los momentos que me ayudaban a crecer y manifestar mi fe.

Con Dios y con las circunstancias

1936. Don Zatti, a la derecha, en plena acción en el hospital, mientras el doctor Domingo Harostegui realiza una operación.

Nunca esperé que mi vida como salesiano fuese ayudar a los enfermos. Pero siguiendo el ejemplo de Don Bosco, quien obraba según “Dios lo inspiraba y las circunstancias lo exigían”, estuve cincuenta años en el hospital salesiano de Viedma. Primero como enfermero, y luego haciéndome cargo de todo… principalmente buscando que ese hospital fuese una auténtica casa salesiana. 

Y si bien con la práctica fui aprendiendo mucho, se hizo necesario estudiar para prestar un servicio mejor, sobre todo a los más pobres, para que la farmacia del Hospital pudiese dar los remedios casi gratuitos. Y es así que en 1917 obtuve mi título de Idóneo en Farmacia, y en 1948 me matriculé de enfermero… no para engrandecerme, sino pensando siempre en el servicio.

En este mundo nadie sobra

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Zatti, junto a un grupo de niños internos del hospital. Entre ellos, un niño con macrocefalia, que cuidó hasta el día de su muerte.

Al hospital llegaban enfermos de todos lados, sobre todo los desesperados, sin recursos. Yo, que había estado muy enfermo, los comprendía muy bien y los recibía. Me guiaba lo que Don Bosco había escrito a los primeros misioneros que vinieron a Argentina: “Cuiden especialmente a los enfermos, los niños, los pobres y los ancianos”.

Algunos me decían “Zatti, a usted siempre le toca lo peor…”, cuando recibíamos enfermos que otros hospitales rechazaban. Sin embargo, para mí eran lo mejor… porque en ellos veía la presencia real de Jesús, teniendo presente esto de que “cada vez que lo hiciste con uno de estos pequeños, lo hiciste conmigo”.

Y algunos se quedaron mucho tiempo. Me acuerdo de un muchacho macrocéfalo, cuyo aspecto impresionaba, y una muda bastante inquieta, quienes, como todos los chicos, hacen sus travesuras, que a veces eran problemáticas. En algún momento me propusieron enviarlos a otro lugar, “para que sean mejor atendidos y dejen tranquilo al hospital”. Pero yo me opuse: “Estos dos”, les dije, “atraen las bendiciones de Dios sobre el hospital”.

Con los jóvenes y en comunidad

1938. Almuerzo durante la asamblea diocesana de Acción Católica. Zatti está parado a la izquierda. En la cabecera está José Borgatti, obispo de Viedma. De pie, detrás de él, el salesiano Raúl Entraigas, primer biógrafo de Zatti.

Siempre me gustó y me sentí parte de la comunidad de Viedma, participando en todo lo que podía. Sobre todo en la vida de los jóvenes, tratando de ayudarlos a crecer, en los diversos grupos que se formaban en la ciudad para proponer caminar juntos en la vida. Me gustaba compartir actividades con ellos, sobre todo las que nos hacían sentir más “casa”, como quería Don Bosco.

Diariamente, también estaba muy activo en mi comunidad religiosa salesiana, con mis hermanos sacerdotes y coadjutores, con quienes compartimos alegrías y penas. Iniciamos juntos la jornada con un buen momento de oración, compartimos las comidas, las tareas, las búsquedas de lo mejor para quienes necesitan una mano… y juntos afrontamos las cambiantes situaciones de la vida, con la certeza de lo que nos prometió Don Bosco: “un poco de paraíso lo arregla todo”.